martes, 25 de marzo de 2014

Reconocimiento de la profesión

Nuestra profesión ha gozado siempre de un gran prestigio social. A ello ha contribuido en gran medida la actuación de quienes nos precedieron, que desarrollaron su labor con eficacia y con el reconocimiento público a sus actuaciones, que significaron un gran avance de progreso en su época.

La traída de aguas a Madrid en el siglo XIX, por ejemplo, fue un acontecimiento social por lo que supuso. El avenamiento de la laguna de San Benito en Ayora fue celebrado como el fin de una zona plagada de mosquitos y enfermedades; hoy sería un delito ecológico por acabar con una zona húmeda. Cuando abrimos el grifo y sale agua, y cuando nuestros hijos no mueren de paludismo, es fácil criticar nuestras obras.

Sin caer en la complacencia y aprendiendo de nuestros errores, hemos de saber explicar que el beneficio que se consigue con nuestras actuaciones es superior a los inconvenientes que ocasionan. Así lo creemos, y si no, no deberíamos hacer esa obra.

Es cierto que el prestigio de nuestros mayores les venía también de su capacidad de decisión, muy superior a la que tenemos en nuestros días. En una sociedad democrática debemos aceptar esta pérdida de nuestra autonomía, pero tenemos la obligación de hacer ver a quien corresponda los resultados de su decisión. Es difícil individualmente mantener posturas numantinas de acuerdo a nuestro criterio profesional. El Colegio aun conserva suficiente prestigio para hacerse oír ante la Sociedad.

El ámbito de la decisión ya no está en los políticos; estos han pasado de ser líderes a ser sociólogos y guiarse por lo que dicen las encuestas y los medios. Nuestro mensaje se ha de dirigir a la Sociedad, no para mantener unos privilegios, sino para informarle de los resultados de sus decisiones. Es nuestra obligación como profesión.

Si esto lo hacemos bien, recuperaremos el reconocimiento y el prestigio. Sabemos que la solución muchas veces no es única, pero somos capaces de reconocer soluciones que son claramente erróneas y nuestro deber es denunciarlo.

La mejor defensa de la profesión es el prestigio. Y se consigue cuando cada uno de nosotros, en nuestro trabajo, lo hacemos bien. No es lo que el Colegio puede hacer por mí, es lo que yo puedo hacer por el Colegio: realizar bien mi trabajo. Y no sólo técnicamente, sino también con unos parámetros éticos, más difíciles de mantener en muchas ocasiones y para los que el Colegio debe apoyarnos. Si se consigue ese objetivo, los objetivos sectoriales (empleo, nuevas actividades, presencia social) serán mucho más fáciles de lograr.

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